A Doña Angélica De la Cruz González
En las horas donde vacila el rocío contra la brisa
En los momentos de inmensas soledad constelada
Es en un floral donde crece la amapola de su corazón
Y el matiz flameado de su cabellera granizada.
Cuando de entre la noche surge como un vendaval
El cariño más sublime, la caricia más dulce de otoño
Es en esas vestimentas de sacras manos emplumadas
Donde la orilla del horizonte se pierde tras la sombra de sus ojos.
Ella es un ave de fuego puro en las escabrosas montañas
Es aquella mujer que alimenta con su aliento a sus hijos
Y con su sonrisa hace retoñar de los jardines las secas ramas.
Desde sus manos el cielo y el mar se elevan con su suplica
Y con el calor de su pecho y brazos cobijo mi triste infancia
Y con su lágrima hace llorar al Dios que surge de entre la tierra.
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